Arequipa, hora cero

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Después de mí, el diluvio.

“Après moi, le deluge”, dijo alguna vez el rey Luis XV de Francia – después de mí, el diluvio-, refiriéndose al futuro oscuro que le esperaba a su nación, después de su reinado. Hay quienes rastrean la genealogía de la polémica frase en poetas latinos como Lucrecio y Séneca. Lo cierto es que sabemos que tras Luis XV, llegó la revolución francesa y con ella, su hijo y su esposa murieron, y también la monarquía. Aquí en Arequipa, mutatis mutandi, la cosa es más preocupante, pues el diluvio vino primero, cual tormenta que arrastró todo a su paso en verano, después quedaron -cuándo no-, nuestras autoridades, y después de ellas qué ¿el diluvio?

Arequipa, está enferma, grave. Nuestra ciudad se ha convertido en una urbe caótica y disfuncional, una ciudad donde -cuesta creerlo-, cada día es más difícil vivir y no dejarse llevar por el cinismo crítico del que maldice a sus autoridades en cada cruce de calle. Quizá escribo esto en caliente, en la misma semana que Lima casi revoca a su alcaldesa por incompetente. Villarán hasta parece una eximia y ducha trabajadora comparada con nuestros funcionarios públicos. Aquí, en Arequipa ha venido a morar la Superbia, la soberbia, el peor de los vicios que corona el mal gobierno, del famoso mural de Lorenzetti en el Palacio Público de Siena, Italia. Las autoridades no han dado la talla, pero después de ellas, quién.

Las últimas lluvias mostraron a la verdadera ciudad, aquella que vive tras las sombras del crecimiento económico apabullante y de los malls gigantescos y megalíticos. Desnudaron una metrópoli enferma. Sus calles se inundaron y las viviendas se anegaron, sus torrenteras desbordaron los cauces naturales y el alcantarillado rebalsó. La empresa pública de agua potable, SEDAPAR, -quizá la peor empresa pública que jamás haya existido en Arequipa- dormía con estupor, incapaz de darse abasto para las emergencias. No hace falta ser un genio para entender que cambiar el asfaltado por adoquines para que la pista se vea brillante y vanidosa, no sirve de nada si por dentro la calle es un hervidero de tuberías que llevan años sin cambiarse, desagües que están siempre al borde del colapso.

Pero si acaso está enferma, tiene todo tipo de achaques. Lo digo porque todos los días me toca enfrentar la calle, estar atascado por minutos insoportables, con señales de tránsito que son un desafío a mi entendimiento y combis agazapadas en la berma que te desafían a perder los escrúpulos. Así, mientras tanto, sus intercambios viales inconclusos duermen en la injusticia, en la culpa de un contratista descarado que se burla de nuestra inteligencia.  Y así, desordenada, continúa a la deriva, sufriendo la ausencia de una planificación territorial de calidad -aquí el único distrito con un verdadero plan es Quequeña-, y ha depredado su campiña y llenado de cemento, fierro y habilitaciones urbanas todo rincón habitable, porque aquí poderoso caballero es don dinero y la construcción no sólo paga bien sino que compra honras en municipalidades y gerencias públicas. Esto no es un secreto.

Aquí nos tienen a sus ciudadanos, soportando el monóxido de carbono que se adentra en nuestros pulmones. Sólo basta con limpiarme la nariz, para ver esa huella de polvo negro que mancha mi pañuelo y me advierte que, la ciudad, también me está matando. Y si acaso me enfermo, deberé enfrentarme a la terrible evidencia de un sistema de salud quebrado, parecido al de un país del África Subsahariana. Porque aquí hasta en las mejores clínicas hay descuido, no hay camas para el enfermo, no hay suficientes doctores, no hay equipos eficientes,  no existen citas, y si te programan una cirugía debes esperar meses para verle la cara al cirujano y rezar porque sea bueno. No existe infraestructura suficiente, nuestros dos hospitales públicos más populares (Goyeneche y Honorio Delgado) han sido declarados en emergencia, y nuestro Hospital Metropolitano de Essalud que se levanta gigante en la calle Peral, pensado para atender a 150 mil asegurados, hoy cobija potencialmente la atención de cerca de 540 mil afiliados. Que no se te ocurra enfermarte y ser pobre, aquí puedes morirte.

Después de Guillén y Zegarra, ¿quién? Observaba algunas encuestas para las próximas elecciones regionales y municipales, el panorama es desolador, los mismos dinosaurios políticos de siempre emergen. Es que acaso no hay de dónde más agarrarse. Es que acaso no hay más hombres virtuosos, educados, prudentes y trabajadores que quieran aventurarse en esta noche oscura del alma política de Arequipa. Deben haberlos, tienen que haberlos, quizá por eso sigo aquí en Arequipa, por la esperanza que esta ciudad; que algún día fue la corona cultural de la nación peruana, la ciudad más republicana de la patria, la ciudad de Belaúnde y Mostajo; pueda volver a ser amable y gentil con su misma gente, para que así nos permita quererla más.

Quizá muchas sean las causas de esta orfandad política que Arequipa experimenta. Sus mejores gentes prefieren hacer patria y plata en Lima, y quizá también en el mundo. Tienen todo su derecho. Su joven aristocracia (la que mejor educación ostenta) se ha abajado, a veces -cuesta decirlo-, sólo están ahí donde hay un carnaval que organizar o una fábrica que dirigir, pero han renunciado al liderazgo social histórico que alguna vez protagonizaron y se han ocultado, sigilosamente. Ya no son más políticos, ahora son administradores, economistas e ingenieros que triunfan en la vida. No falta uno que se nos escape y sea la excepción, pero es eso, una excepción, un rayito de sol que se cuela bajo la puerta cerrada.

Conozco algunos talentosos jóvenes en Arequipa que se han aventurado en la vida política. Son pocos pero son. Lastimosamente no son ni por asomo suficientes. Creo, sin embargo, que la angurria y el olfato político prevalecerá, y los comités regionales y departamentales de sus partidos políticos terminarán eligiendo al “viejo lobo de mar”, ése que es la personificación de la Superbia del fresco de Lorenzetti, es que ése les garantiza equilibrio en la desmesura.

Si acaso me equivoco, enhorabuena. Ya es tiempo que esos hombres decentes pero astutos, inteligentes y aún así humildes, se metan al fango, se remanguen la camisa, se quiten el terno y vengan a morar en el espacio de la ciencia donde todo es posible, la política. Un gran amigo y mejor persona siempre me recuerda el ejemplo de Cincinato, ese viejo general romano que prefería cultivar su chacra y pastorear su ganado, pero cuando Roma lo necesitaba dejaba el arado, lo mandaban llamar para que salve a Roma de sus enemigos, lo proclamaban dictador, arreglaba el pleito y los asuntos controvertidos, y luego dejaba todo atrás y volvía al campo. No le gustaba la política.

Es el momento de Cincinato en Arequipa. De esos hombres, que no quisieran asumir la carga pesada de la cosa pública porque temen las consecuencias y saben que la gesta les costará tal vez el buen nombre y la billetera. Pienso tal vez en un exitoso gerente alpaquero que ya fuera tentado para el encargo, en una joven consejera regional o quizá en uno de los decanos de los colegios profesionales de Arequipa. Quien sigue la vida política de esta ciudad, sabrá a quienes me refiero. Ya no los queremos ver más en cócteles y reuniones de café, ni en conciliábulos infructuosos donde piensan la Arequipa platónica. Es su momento, tómenlo. Arequipa no aguanta más. La orfandad política debe acabar, no tanto porque es un mal en sí mismo, sino porque Arequipa se nos muere.

Un comentario

  1. Y ahora, me pregunto: ¿Qué sobrevendrá a la enfermedad? –La muerte sin lugar a dudas. A falta de remedio… ¡Qué se puede esperar! Entonces sensata y natural surge una segunda pregunta: ¿Y a la muerte qué le seguirá? ¡La putrefacción! –Propia del cadáver abandonado– ¡Mucho me temo que no! …Pues de seguro el cadáver seguirá muriendo; inmanente, la ciudad muerta se convertirá en zombi, para heder y para participarnos de su muerte; y así… hacernos morir también, de a poco, tan lento que no se sienta. Cada día iremos muriendo… con sutileza.
    Ya ensayada la búsqueda de culpables, de esa muerte anunciada; de nada sirve saber quiénes son, si no somos capaces de hacerlos a un lado, –si no fuera para salvar al enfermo del matasano– de nada sirve apuntar el índice sobre ellos. ¿Qué nos queda entonces? Juntar las manos para elevar una plegaria, y rogar al cielo porque la ciudad no muera, que agonice pero que no muera. Que no muera hasta que –con la esperanza de que conociendo la cura y con más esperanza aun, que con capacidad y diligencia pueda y quiera aplicarla¬– un nuevo “médico” sea “elegido”.
    Luego, cuando éste –el elegido– ni sea capaz ni quiera. ¿A quién señalaran los índices acusadores? Deberán pues girar 180 grados o con la ayuda de los pulgares deberán sostener espejos, para mirar a los ojos, a los culpables… de la muerte de la ciudad.
    Y así en el Perú, una a una vivirán muriendo, las ciudades sin remedio; pues nadie quiere ni puede… Cada quien –egoísta– va muriendo –junto con la ciudad– por su cuenta. Sin embargo una voz, tenue y solitaria, hace un llamado a la aristocracia, sin saber que ésta no oye ni ve… otra realidad que no sea la suya, salvo –de cuando en vez– por la ventana “polarizada” de su carruaje.
    Viviendo en modernas villas aisladas –con lacayos “guachimanes” que resguardan los ingresos, apostados en las rejas– la aristocracia vive a buen recaudo, pues con plebeyos no se mezcla; tiene hasta su propio mercado o sino, envía a la domestica. Así… esa vocecita peca de ingenua. Tan solo hay que recordar a una princesa pepecista, ya madura, quien a la pregunta: ¿Cuánto cuesta el pan? Respondió –con una sonrisa algo torcida– diez soles, nada más.
    Viviendo en su mundo, la aristocracia hace bien en vivir tranquila, pues –a mi parecer– no causaron el problema, por lo tanto sería “injusto” exigirles ayuda en la solución. La ciudad se ve ahogada por las nuevas costumbres. El desorden “funcional” –que la consume– es su tragedia.
    La enfermedad no es otra que la ignorancia, misma que sabemos es atrevida y capaz de engendrar violencia. Harto conocida, por ejemplo: la anti minera. Entonces diagnosticada solo queda eliminarla, pues no es otra que la ignorancia la que la autoriza a la negligencia a gobernar.
    Educación es el remedio. Pero como niño berrinchudo, la población ignorante, no la quiere tomar; –prefiere consumir televisión basura– entonces ¿Qué hacer? –engañarla, haciéndole “el avioncito”, para que tome el medicamento amargo, o quizás emplear la fuerza. Pues la fuerza con licitud ética puede imponer justicia, allí donde es debido.
    ¿Cómo romper el círculo vicioso: ignorancia-gobierno incompetente? ¿Cómo?

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