Hay cine, aún en Hollywood

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Cuando los hermanos Lumière inventaron un pequeño dispositivo que podía atrapar mágicamente en un celuloide, la vida misma, pero en movimiento, no pudieron jamás anticipar que al igual que en las novelas, ese continuo devenir de cuadros que corrían al revés en el cinematógrafo, con una cadencia armoniosa y militar, contaría historias de belleza sublime, sin saberlo, los hermanos Lumière ingenuamente dijeron “el cine es una invención sin futuro”.

Pienso que no existe creación artística más magistral y compleja que la cinematográfica. Hacer una gran película, requiere talento de poeta, cirujano, pintor, fotógrafo y hasta astrofísico. Cómo lograr aprovechar los infinitos caminos que conducen una historia, cómo lograr atemperar sus colores y su fotografía para comunicar los sentimientos que se desea infundir, de dónde expropiar esa intuición estética que le revela al director el orden sinuoso de su filmación y la pertinencia de su narración y la credibilidad de sus personajes. Cómo encarnar un guión y conseguir que pueda vivir mejor en el cine que en la vida misma, cómo caminar con la música cómplice que habite en sus tomas, diálogos y silencios, de tal manera que consiga confabularnos con la historia. Sólo un tocado por la Providencia podría dirigir tal orquesta.

Hace mucho que a los premios Oscar no llegaban tantas buenas películas a competir por el privilegio de reclamar ser la mejor, tan lejos de la modorra narrativa clásica de Hollywood, rindieran un homenaje tan hermoso al celuloide como lo han hecho. La invención de Hugo de Scorsese, El árbol de la vida del poeta Terrence Malick, Media noche en París del siempre genio Woody Allen, y El Artista del hasta hoy casi desconocido Michel Hazanavicius, son quizá prueba que el cine aún no ha muerto en Hollywood.

Hugo no sólo es el homenaje del más romántico Scorsese al cine, es la historia de la búsqueda de todo hombre por encontrarse con su propósito de vida. “Así que pensé que si el mundo es un gran mecanismo, yo no podía ser una pieza extra, tenía que estar aquí por alguna razón” dice Hugo. La historia recuerda el terrible olvido en que había caído el cineasta francés Georges Méliès, interpretado por un gigante y circunspecto Sir Ben Kingsley y la de un niño huérfano y testarudo – Hugo Cabret-, que al negarse a aceptar el olvido de su pasado, quiso encontrase a sí mismo, y haciéndolo, no sólo descubrió su propósito de vida, sino que reconcilió a Méliès consigo mismo. La belleza de Hugo nos seduce con el ritmo cadencioso de los relojes y juguetes a cuerda de principios de siglo XX, los soldaditos de plomo, Paris y la estación de la Gare Montparnasse, los anaqueles viejos y los libros de aventura de Jules Verne. Nada más importante que aquello que no tiene importancia. La escena del reconocimiento a Méliès en el teatro, donde sus películas, salvadas del tormentoso olvido y el fuego, se proyectan en la pantalla y nos regalan la famosa escena de Viaje a la Luna, aquella escena es de una poesía tan hermosa, que sólo nos recuerda, quizá, a la escena final de los besos del cine en blanco y negro de Cinema Paradiso, la mejor película de Giuseppe Tornatore. Un película bella Hugo. Inmenso Scorsese, que se mueve como pez en el agua, en una hábitat ajeno a aquél en el que está acostumbrado a respirar.

El arbol de la vida, es otra de esas películas que bien puede valer una vida en realizarla. Terrence Malick, quizá el más desconocido de los genios del cine de Estados Unidos, logra contar una historia de cine, hecha e imaginada para aprovechar todo lo que el cine puede parir en belleza. Malick quizá sea el único, que en un tiempo de cine estupidizante, logra empujar una historia sometiendo la cámara a tomas imposibles y poéticas, de belleza cósmica y estelar, que sólo nos recuerdan tal vez al mejor Kubrick. Tal es así, que somete al mismo Sean Penn y a Brad Pitt, quienes conviven, desapercibidos, en el monumental poema de la creación del mundo y la vida misma. Malick tiene el coraje de abrir la cinta con un epígrafe del libro de Job, nunca se ha preocupado de agradar, sólo quiere contar su historia, una historia de cómo un niño se hace hombre, en medio de la autoridad y severidad paterna, y la calidez y pureza materna, para dejarnos sólo con un susurro final que nos reconcilie a todos con nuestro pasado, con nuestra familia, en una playa imposible, donde seremos hermanos: “…Nos enseñaron que nadie que ama la senda de la Gracia termina mal…”. Escuchamos a muchos decir les pareció aburrida, hoy pienso entonces, cuánto daño le ha hecho a nuestra sensibilidad tanta semiótica frívola e inmanente. La belleza de El arbol de la vida descansa precisamente, en que sólo el cine pudo contar esta historia.

Medianoche en París es quizá la película que nos devuelve al mejor Woody Allen, a aquél de Manhattan y Hannah y sus Hermanas, su mejor guión sin dudar. La historia de un escritor perdido en su fracaso y frustrado por su desierto creativo, encuentra su redención cuando a través de un ardid de Woody Allen, estando de vacaciones con su prometida en Paris, logra viajar en el tiempo en el mismo Paris y puede compartir bebidas e insanías, excesos y aventuras, con el bravo Ernest Hemingway, el mujeriego Pablo Picasso, el apasible Scott Fitzgerald, la dama fuerte Gertrude Stein, el dandy Salvador Dalí y el menudo y enfermizo Tolouse Lautrec, entre otros. Un opíparo banquete para todo aquel amante de las letras y las humanidades. Pueden decir, quizá, que los actores que interpretan a pintores y escritores no tienen la densidad de sus correlatos en la vida real, pero creo que Woody Allen es consciente de esa debilidad, es más, la incita, la utiliza para conducir un discurso narrativo irónico -cuando no es Woody Allen-, no importa tanto que Hemingway lo sea, sino que pudimos encontrarnos con él y pudimos vivir otra vida, que no existe, con él.

De El artista esperamos ocuparnos en otra ocasión pues lo merece. Sabemos que Kodak está en quiebra, el proveedor único del celuloide que aún se utiliza para proyectar las cintas de cine parece que no volverá, muy pronto las compañías sólo proyectarán digitalmente. Quizá estas películas llegan en el mejor de los momentos, aquél que rinde un precioso homenaje a esa maravillosa forma de proyectar una película, escuchando el sonido trepidante del cinematógrafo mientras la cinta recorre cada cuadro con armonía y lo reposa en la pantalla donde se cuelan pequeñas líneas negras, casi imperceptibles. Es una gran sorpresa que los Oscar nos las hayan traído, no estábamos acostumbrados a tener tanto de dónde elegir en Hollywood, y a que fuese estéticamente tan bello y poético, pues -como diría Orson Wells-, es imposible hacer una buena película, sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta. A mi modesto entender, estas tres cintas lo logran con mucho.

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